Esclavos de nuestras palabras

Un politicastro local, más valorado por sus ausencias que por su presencia, parafraseaba a Aristóteles diciendo que “en política, el hombre es esclavo de sus palabras y dueño de sus silencios”. Recuerdo estos días especialmente la frase, atendiendo al desenlace del caso de Guillermo Zapata, que ha dimitido como edil de cultura del Ayuntamiento de Madrid – aunque no haya renunciado a su acta como concejal – tras salir a la luz unos desafortunados comentarios realizados por él en Twitter hace cuatro años. (más…)

Coto a la piratería

De acuerdo con el Observatorio de la Piratería, se estima que durante 2014 la piratería ocasionó unas pérdidas de 1.700 millones de euros a las industrias culturales, o, lo que es lo mismo: dejaron de ganar un importe equivalente a la mitad de sus ingresos reales. Independientemente de que se pueda considerar adecuada o no la metodología empleada para determinar este importe, y que quizás sea un poco aventurado incluir el fútbol como una “industria cultural”, lo que resulta claro es que el problema tiene una magnitud considerable. (más…)

No necesitamos más leyes

Decía Von Kirchmann en su feroz crítica a la jurisprudencia como ciencia que una palabra del legislador era suficiente para convertir bibliotecas enteras de derecho en basura. Pues imagínense si en lugar de un legislador se hubiera asomado a nuestro estado de las autonomías, con distintas cámaras legislativas autonómicas que se superponen al poder legislativo de un parlamento central bicameral, con un gobierno con una potestad normativa que ejerce cada vez más a menudo y todo lo anterior, a su vez, sujeto a la cambiante normativa europea y los distintos tratados internacionales. Esto genera una cacofonía normativa de muy difícil – por no decir imposible – seguimiento. (más…)

No es la corrupción

El problema no es la corrupción. La corrupción siempre ha estado ahí, desde que tenemos crónicas políticas escritas, y sucederá siempre que unos pocos tengan poder sobre otros muchos, con o sin legitimación democrática. No estoy tratando de minimizar su importancia, pero lo cierto es que no es el problema real o, mejor dicho, no es el problema principal. La corrupción, en sus infinitas variantes y sabores (cohecho, malversación, falsedad, prevaricación) supone un delito y, además, resulta muy poco ética y aún menos estética para los partidos en estos tiempos tan difíciles para la ciudadanía. El problema es otro: la mala gestión. Evidentemente, no hay estadísticas fiables ni viables sobre la corrupción – salvo lo que efectivamente se descubre y condena, quizás la punta del proverbial iceberg – y menos todavía sobre la mala gestión, cuando, además, en muchas ocasiones ambas casuísticas coinciden en el tiempo y en las personas. (más…)