Érase una vez una crisis

Érase una vez, hace poco más de una década, un país que iba bien. Un país que iba muy bien. Tan bien iba todo en ese país que cualquiera, independientemente de su trabajo, sus rentas y sus ahorros, podía comprarse una vivienda y, además, amueblarla a la última y cambiar de coche.

En ese país de ensueño, a nadie le faltaba de nada: bastaba con elegir una casa, ir a ver a unos señores muy amables y firmar unos papeles, y todo cambiaba para bien: nueva vivienda, dinero en el bolsillo y a gozar de la vida. Así de fácil. A nadie le faltaba el trabajo y todo el mundo vivía feliz. A estos señores tan amables que convertían firmas en sueños les iba todavía mejor y por eso podían comprarse casas todavía más grandes y tener más dinero en el bolsillo. (más…)

Esclavos de nuestras palabras

Un politicastro local, más valorado por sus ausencias que por su presencia, parafraseaba a Aristóteles diciendo que “en política, el hombre es esclavo de sus palabras y dueño de sus silencios”. Recuerdo estos días especialmente la frase, atendiendo al desenlace del caso de Guillermo Zapata, que ha dimitido como edil de cultura del Ayuntamiento de Madrid – aunque no haya renunciado a su acta como concejal – tras salir a la luz unos desafortunados comentarios realizados por él en Twitter hace cuatro años. (más…)

Coto a la piratería

De acuerdo con el Observatorio de la Piratería, se estima que durante 2014 la piratería ocasionó unas pérdidas de 1.700 millones de euros a las industrias culturales, o, lo que es lo mismo: dejaron de ganar un importe equivalente a la mitad de sus ingresos reales. Independientemente de que se pueda considerar adecuada o no la metodología empleada para determinar este importe, y que quizás sea un poco aventurado incluir el fútbol como una “industria cultural”, lo que resulta claro es que el problema tiene una magnitud considerable. (más…)

No necesitamos más leyes

Decía Von Kirchmann en su feroz crítica a la jurisprudencia como ciencia que una palabra del legislador era suficiente para convertir bibliotecas enteras de derecho en basura. Pues imagínense si en lugar de un legislador se hubiera asomado a nuestro estado de las autonomías, con distintas cámaras legislativas autonómicas que se superponen al poder legislativo de un parlamento central bicameral, con un gobierno con una potestad normativa que ejerce cada vez más a menudo y todo lo anterior, a su vez, sujeto a la cambiante normativa europea y los distintos tratados internacionales. Esto genera una cacofonía normativa de muy difícil – por no decir imposible – seguimiento. (más…)