Un lugar donde vivir

Los que conocen mis actividades más allá de este artículo mensual, saben que el problema de acceso a la vivienda es una de las cuestiones a las que más energía dedico. Es sin duda uno de los problemas más graves e inmediatos a los que nos enfrentamos como sociedad.

La vivienda, tanto en compra como en alquiler, se ha encarecido mucho como resultado de distintos fenómenos separados pero que afectan a un mismo mercado. Por una parte, cada vez somos más los que vivimos en esta isla ─de este tema podemos hablar con más calma otro día─, y, desde el primero hasta el último, todos necesitamos un lugar en el que vivir. Por tanto, la demanda no deja de crecer, lo que impone una presión alcista en los precios. Además, otras muchas personas que no viven habitualmente en Menorca han decidido que quieren también una vivienda aquí, por lo que se compran casas y pisos que no se destinarán a ser vivienda habitual, sino segundas residencias. Cuando esos compradores, además, vienen de regiones o países con un poder adquisitivo más alto, están en condiciones de pagar precios mayores, fuera del alcance de los sueldos menorquines. Eso implica más demanda y, con ello, mayor presión sobre el precio. Otros, además, han descubierto que la vivienda puede ser un muy buen negocio, y compran viviendas para alquilarlas, pero no siempre como vivienda habitual, sino como alquiler de temporada, como alquiler turístico o alquilando por habitaciones, con lo que consiguen rentabilidades mucho más altas. Como se trata de un negocio, el precio máximo a pagar lo determina el dinero que es capaz de generar esa vivienda, que, de nuevo, es en general muchísimo más de lo que puede pagar alguien con una nómina normal. De nuevo, más presión sobre el mercado.

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Colorín, colorado

El loco

«No sabemos lo que nos pasa y eso es lo que nos pasa»
José Ortega y Gasset

A veces, uno empieza a escribir y no tiene muy claro hacia dónde le llevarán las palabras. Hay algo misterioso en dejar que las frases busquen sus propios caminos, se entrelacen entre sí y, poco a poco, vayan conformando una historia, un artículo, una opinión. Me pregunto muchas veces de dónde vendrán, qué pretenden, si es que quieren algo por sí mismas o si soy yo quien quiere alguna cosa de ellas, si son de verdad mías o simplemente alguien o algo me las presta, más allá del puro azar combinatorio que supone sentarse frente al teclado y abrir las compuertas de la imaginación. Veamos hasta dónde nos llevarán hoy…

Hace poco, poco tiempo, aunque alguno ya, en un pequeño reino junto al mar, creció un niño, alto y algo desgarbado, llamado Doménico, que con sus ocurrencias hacía reír a sus mayores. Su fama fue creciendo a medida que lo hacía él, y con sus historias, siempre inventadas, entretenía a su familia y vecinos, por más disparatadas que fueran.

Ese era, al fin y al cabo, su talento: tener ocurrencias graciosas. Su mundo era pura fantasía y nada de lo que decía era verdad. Imaginativo como el que más, y ligero en sus palabras al no tener que cargar con el peso de una cultura, sus disparates, por lo sonados que eran, divertían hasta a las personas más serias. No todos se reían de sus historias: otros se reían simplemente de él, pero la crueldad es un rasgo que, desgraciadamente, abunda en todas partes.

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Not a Pretti business

Alex Pretti

Cuando se publique este artículo, cuando llegue a tus manos y puedas leerlo, probablemente habremos olvidado todos ya el nombre de Alex Pretti. Por eso, precisamente por eso, creo que es importante repetir una vez más su nombre para salvarlo, aunque solo sea por un momento, de esa marea del olvido que nos trae el simple paso del tiempo y la perpetua saturación informativa que sufrimos cada día los ciudadanos digitales de este siglo.

Tampoco sabemos demasiado del bueno de Alex. Sí, unos datos biográficos básicos, que apenas nos sirven para construir un elemental retrato robot, que es el suyo pero que podría ser el de otras muchas personas. Nació en Illinois, en el seno de una familia originaria del norte de Italia, y se crió en Green Bay, Wisconsin, una ciudad de poco más de cien mil habitantes a orillas del lago Michigan. Tras acabar el instituto completó su formación en la Universidad de Minnesota, donde se graduó en 2011. Hasta aquí, nada extraordinario. No tenemos más datos sobre si fue un buen o mal estudiante, un chico popular o tímido. Esos testimonios, poco a poco, irán aflorando: sus compañeros de clase recordarán que era muy hablador, que contaba los mejores chistes, o que era tímido y retraído, que apenas le recuerdan o que se emborrachó en el baile de graduación. Nada de eso nos devolverá a Alex, y ninguno de esos detalles cambiará lo que fue, lo que es hoy y lo que será en adelante.

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Un buen café

Café

El café es el regalo de Dios a la humanidad.
– Ralph Waldo Emerson

Hay algo tan cotidiano en disfrutar de una taza de café que, a veces, se nos olvida que se trata de una tradición centenaria. El diccionario, en su incansable afán sistematizador, define el café como la «bebida que se hace por infusión con la semilla tostada y molida del cafeto». Muy simplificador, ¿no les parece? Esta definición ignora todo el ritual, toda la tradición y toda la emoción que asociamos al gesto diario de tomar un café.

En casa, en el bar o en la oficina o, poniéndonos algo más hipsters, en el parque o por la calle, disfrutar de una taza de café es una costumbre muy habitual. En nuestro país consumimos cuatro kilos y medio de grano de café tostado por persona y año. El cálculo es sencillo: a siete gramos de café molido por taza, resultan más de seiscientos cafés anuales por cabeza. Haciendo mis propias cuentas, tengo claro que me estoy tomando las tazas que corresponden a unos cuantos ciudadanos. A mucha distancia, en cualquier caso, de los doce kilos que consume cada finlandés: será cosa del frío.

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De civilizaciones y humanidades

Niño de Nagasaki

«The optimist thinks this is the best of all possible worlds. The pessimist fears it is true
— J. Robert Oppenheimer

Se ha puesto de moda recordar las palabras de la antropóloga estadounidense Margaret Mead, a la que preguntaron en una conferencia cuál era, en su opinión, la primera evidencia de la civilización. En lugar de referirse a grandes descubrimientos, como el fuego, la rueda o la agricultura, la doctora Mead habló del hallazgo de unos restos humanos de hace más de 15.000 años en los que se observaba una fractura de fémur curada. Su explicación fue muy sencilla: cuando un animal se rompe una extremidad está condenado a morir. No puede moverse, no puede alimentarse, no puede huir ni defenderse de sus depredadores. Un hueso curado nos cuenta la historia de un grupo atendiendo, cuidando y protegiendo a uno de sus miembros, incapacitado sí, pero salvado por la solidaridad de sus iguales. Ese gesto, esa unión, es lo que, en opinión de la doctora Mead, acredita el nacimiento de la civilización más allá de cualquier progreso o desarrollo tecnológico.

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Simplemente J.

Contenedores de basura

El que tiene más es el que está contento con menos.
Diógenes

A J. —por ponerle un nombre— ya nadie le llama J. Perdió ese derecho cuando dejó de ser una persona para convertirse en un personaje. J., al que todos conocen hoy por otro nombre, podría ser mi vecino o el suyo. Quizás incluso lo sea y usted no lo sepa aún.

J. nació demasiado tarde para ser una víctima propiciatoria de la epidemia que diezmó la juventud en los ochenta. Y demasiado pronto como para disculpar hoy su conducta por ser joven. Son muchos los factores que pueden explicar como aquel J. se convirtió en este J., pero, en realidad, son irrelevantes. No porque no sean importantes, sino porque solo son de J. y no nuestros, por más que nos guste cargar con culpas ajenas.

No. No hay aquí una hermosa historia de redención: la realidad siempre es más cruda y, probablemente, también más compleja y didáctica. Quienes le conocen, saben que J. no es mala persona, que no tiene un gramo de malicia, pero desgraciadamente me dicen que sigue consiguiendo gramos de otras muchas cosas que no le hacen bien.

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El reto de la construcción industrializada

Construcción industrializada: paneles bidimensionales

Últimamente se está hablando mucho —y creo que es bueno que sea así— de la construcción industrializada. Como en todo tema que se pone de moda, hay algo de información, alguna especulación y, sobre todo, mucha opinión. Se habla de construcción industrializada cuando, en realidad, sería más adecuado hablar de industrialización de la construcción. El PERTE impulsado por el Gobierno de España, con una inversión pública de 1.300 millones, ha ayudado sin duda a visibilizar esta propuesta, que tiene defensores entusiastas y detractores acérrimos.

Las soluciones que propone la industrialización son muy variadas en naturaleza, aplicación, costes y prestaciones, con distintos niveles de complejidad que condicionan también su uso y destino: desde viviendas modulares completas, en las que no hay que hacer mucho más que adecuar el solar y conectarlas a los distintos suministros, hasta soluciones a más pequeña escala, como los módulos tridimensionales y los paneles bidimensionales que permiten la edificación prácticamente como si se tratara de un juego de construcción, ensamblándose como piezas de Lego, pasando por soluciones a una escala incluso menor, que resuelven algunas cuestiones edificativas concretas.

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Un verano refrescante

Aire acondicionado

Ya es oficial: el verano ha llegado y lo ha hecho con toda su fuerza. Vamos saltando de ola de calor en ola de calor, como un interminable juego de la oca en el que lo extraordinario es tener un día con las máximas por debajo de treinta grados centígrados. A la sensación física de calor, a la que contribuyen, además de los grados, la humedad, hay que añadir estos días la sensación algo más espiritual de bochorno. El resultado de la combinación de ambos es un perpetuo sofoco que no nos da tregua y que, además, tampoco ayuda a disfrutar de esta época estival con el mejor de los humores posibles. La buena noticia es que el hecho de que el termómetro no se mueva de los treinta grados es una clara evidencia de que no hay cambio climático, un puro invento de los científicos para asustarnos y obligarnos a dejar los envases en el contenedor amarillo.

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¡Abran juego!

Ruleta

«Le destin n’est pas une question de hasard; c’est une question de choix.»
—Antoine de Saint-Exupéry

Me sorprende mucho que no hayamos oído hablar aún de una iniciativa tan interesante como necesaria para nuestras islas como una Ley de Casinos. Entiendo que es necesario un acuerdo a nivel autonómico y, junto con este consenso, una adecuada negociación con instancias superiores para conseguir la otra parte de la ecuación: una fiscalidad todavía más ventajosa y adecuada para que esta actividad levante el vuelo en el archipiélago.

¿No están hartos ya de galerías de arte? Cada vez que uno parpadea abre una nueva galería de arte exclusivísima y con artistas, consagrados o no, celebrados de forma entusiasta por su madre y por su agente, como mínimo. Entonemos como sociedad un «no más arte comercial» y abracemos propuestas que superen este camino tan trillado. ¿Qué interés tiene para nosotros darnos una vuelta por una galería de arte superexclusiva? ¿La cultura? ¿Comprar un imán de nevera que es lo único que nos podremos permitir de lo que en ellas ofrecen? Mi planteamiento de los megacasinos es mucho más tangible, más inmediato y, sin duda, mucho más rentable.

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De carreras y corredores

Corredor

Escribo este artículo en un avión, volando de regreso a Menorca, después de un ejercicio voluntario de sufrimiento: la maratón de Madrid. No diré sufrimiento gratuito, porque hay que pagar y no poco para tener el placer de correr 42.195 metros. Tras poco más de cuatro horas de esfuerzo, sol intenso, algún calambre, cuestas sin fin, siete botellines de agua, cinco geles energéticos y tres cápsulas de sales minerales, he conseguido llegar a meta, prometiéndome que no volvería a hacer nada así e igualmente convencido de que rompería mi promesa a la primera oportunidad.

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