El café es el regalo de Dios a la humanidad.
– Ralph Waldo Emerson
Hay algo tan cotidiano en disfrutar de una taza de café que, a veces, se nos olvida que se trata de una tradición centenaria. El diccionario, en su incansable afán sistematizador, define el café como la «bebida que se hace por infusión con la semilla tostada y molida del cafeto». Muy simplificador, ¿no les parece? Esta definición ignora todo el ritual, toda la tradición y toda la emoción que asociamos al gesto diario de tomar un café.
En casa, en el bar o en la oficina o, poniéndonos algo más hipsters, en el parque o por la calle, disfrutar de una taza de café es una costumbre muy habitual. En nuestro país consumimos cuatro kilos y medio de grano de café tostado por persona y año. El cálculo es sencillo: a siete gramos de café molido por taza, resultan más de seiscientos cafés anuales por cabeza. Haciendo mis propias cuentas, tengo claro que me estoy tomando las tazas que corresponden a unos cuantos ciudadanos. A mucha distancia, en cualquier caso, de los doce kilos que consume cada finlandés: será cosa del frío.
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