Colorín, colorado

El loco

«No sabemos lo que nos pasa y eso es lo que nos pasa»
José Ortega y Gasset

A veces, uno empieza a escribir y no tiene muy claro hacia dónde le llevarán las palabras. Hay algo misterioso en dejar que las frases busquen sus propios caminos, se entrelacen entre sí y, poco a poco, vayan conformando una historia, un artículo, una opinión. Me pregunto muchas veces de dónde vendrán, qué pretenden, si es que quieren algo por sí mismas o si soy yo quien quiere alguna cosa de ellas, si son de verdad mías o simplemente alguien o algo me las presta, más allá del puro azar combinatorio que supone sentarse frente al teclado y abrir las compuertas de la imaginación. Veamos hasta dónde nos llevarán hoy…

Hace poco, poco tiempo, aunque alguno ya, en un pequeño reino junto al mar, creció un niño, alto y algo desgarbado, llamado Doménico, que con sus ocurrencias hacía reír a sus mayores. Su fama fue creciendo a medida que lo hacía él, y con sus historias, siempre inventadas, entretenía a su familia y vecinos, por más disparatadas que fueran.

Ese era, al fin y al cabo, su talento: tener ocurrencias graciosas. Su mundo era pura fantasía y nada de lo que decía era verdad. Imaginativo como el que más, y ligero en sus palabras al no tener que cargar con el peso de una cultura, sus disparates, por lo sonados que eran, divertían hasta a las personas más serias. No todos se reían de sus historias: otros se reían simplemente de él, pero la crueldad es un rasgo que, desgraciadamente, abunda en todas partes.

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Un buen café

Café

El café es el regalo de Dios a la humanidad.
– Ralph Waldo Emerson

Hay algo tan cotidiano en disfrutar de una taza de café que, a veces, se nos olvida que se trata de una tradición centenaria. El diccionario, en su incansable afán sistematizador, define el café como la «bebida que se hace por infusión con la semilla tostada y molida del cafeto». Muy simplificador, ¿no les parece? Esta definición ignora todo el ritual, toda la tradición y toda la emoción que asociamos al gesto diario de tomar un café.

En casa, en el bar o en la oficina o, poniéndonos algo más hipsters, en el parque o por la calle, disfrutar de una taza de café es una costumbre muy habitual. En nuestro país consumimos cuatro kilos y medio de grano de café tostado por persona y año. El cálculo es sencillo: a siete gramos de café molido por taza, resultan más de seiscientos cafés anuales por cabeza. Haciendo mis propias cuentas, tengo claro que me estoy tomando las tazas que corresponden a unos cuantos ciudadanos. A mucha distancia, en cualquier caso, de los doce kilos que consume cada finlandés: será cosa del frío.

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Simplemente J.

Contenedores de basura

El que tiene más es el que está contento con menos.
Diógenes

A J. —por ponerle un nombre— ya nadie le llama J. Perdió ese derecho cuando dejó de ser una persona para convertirse en un personaje. J., al que todos conocen hoy por otro nombre, podría ser mi vecino o el suyo. Quizás incluso lo sea y usted no lo sepa aún.

J. nació demasiado tarde para ser una víctima propiciatoria de la epidemia que diezmó la juventud en los ochenta. Y demasiado pronto como para disculpar hoy su conducta por ser joven. Son muchos los factores que pueden explicar como aquel J. se convirtió en este J., pero, en realidad, son irrelevantes. No porque no sean importantes, sino porque solo son de J. y no nuestros, por más que nos guste cargar con culpas ajenas.

No. No hay aquí una hermosa historia de redención: la realidad siempre es más cruda y, probablemente, también más compleja y didáctica. Quienes le conocen, saben que J. no es mala persona, que no tiene un gramo de malicia, pero desgraciadamente me dicen que sigue consiguiendo gramos de otras muchas cosas que no le hacen bien.

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Memento mori

Michel Pons Mercadal cruzando la calle del Ramal, con el Cine España de fondo.

Mi primer recuerdo, o, mejor dicho, el recuerdo que creo más antiguo, transcurre en el salón de la vieja casa familiar. En él, sentado en una ajada butaca, a la que el sol de muchos años ha prestado un color indefinido, entre burdeos y granate, hay un hombre mayor, tan mayor que ya no es viejo, sino remoto, antiguo. Enjuto, seco de carnes, con la piel curtida del labrador y la mirada profunda, lejana, de quien mucho ha visto y mucho ha olvidado ya. Viste un pantalón de pana marrón, camisa de algodón que podría haber sido blanca y chaqueta de lana gris, calzados los pies en unas zapatillas de andar por casa, sin calcetines. Está fumando en su vieja pipa, último placer al que ni su médico ni su hija han conseguido que renuncie. En su cara, entre las arrugas que casi noventa años de vida han esculpido, se va formando una sonrisa que le devuelve el brillo a su mirada: un niño muy pequeño, de poco más de dos años, sentado en su regazo, se agita inquieto.

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Un verano refrescante

Aire acondicionado

Ya es oficial: el verano ha llegado y lo ha hecho con toda su fuerza. Vamos saltando de ola de calor en ola de calor, como un interminable juego de la oca en el que lo extraordinario es tener un día con las máximas por debajo de treinta grados centígrados. A la sensación física de calor, a la que contribuyen, además de los grados, la humedad, hay que añadir estos días la sensación algo más espiritual de bochorno. El resultado de la combinación de ambos es un perpetuo sofoco que no nos da tregua y que, además, tampoco ayuda a disfrutar de esta época estival con el mejor de los humores posibles. La buena noticia es que el hecho de que el termómetro no se mueva de los treinta grados es una clara evidencia de que no hay cambio climático, un puro invento de los científicos para asustarnos y obligarnos a dejar los envases en el contenedor amarillo.

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De carreras y corredores

Corredor

Escribo este artículo en un avión, volando de regreso a Menorca, después de un ejercicio voluntario de sufrimiento: la maratón de Madrid. No diré sufrimiento gratuito, porque hay que pagar y no poco para tener el placer de correr 42.195 metros. Tras poco más de cuatro horas de esfuerzo, sol intenso, algún calambre, cuestas sin fin, siete botellines de agua, cinco geles energéticos y tres cápsulas de sales minerales, he conseguido llegar a meta, prometiéndome que no volvería a hacer nada así e igualmente convencido de que rompería mi promesa a la primera oportunidad.

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Los Príncipes de Serendip

Como nota introductoria, este texto es la puesta en práctica de mi derecho de réplica ante un agravio ignominioso que afecta a todos los menorquines en general, y a mí en particular. Sirva esta noticia como breve resumen para los lectores rezagados.


¿Conocen la palabra serendipia? Aunque suene extraña, consta desde hace unos años en el diccionario: es el hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual. Debe su curioso nombre al topónimo originario de la isla de Ceilán, y supongo que define perfectamente el momento eureka que vivió el felón Vilafranca al averiguar mi intención de salir de viaje y orquestar su maniobra. Desconozco los medios mediante los cuales llegó a tener esta información, aunque los imagino. En cualquier caso, ahora que han pasado un par de días de reflexión, expondré el orden cronológico de los acontecimientos para que cada cual llegue a sus propias conclusiones.

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Un principito apócrifo

mensaje en una botella

Encontré el pasado fin de semana, en una visita dominical a la playa, una botella flotando junto a la orilla, con un mensaje dentro. Esperando que fuese, como mínimo, el mapa de un tesoro o, en el peor de los casos, un náufrago pidiendo ayuda o una sirena mandando cartas de amor a algún marinero, me zambullí en las frías aguas para recuperarlo. Una vez abierta la botella, lo que encontré, sin embargo, parecía ser parte de un capítulo inédito, aunque sin firma, de “Le petit prince”, la obra más famosa de Antoine de Saint-Exupéry. Su avión cayó en el Mediterráneo, no muy lejos de nuestras islas, hace ya ochenta años, quizás abatido por los nazis, por lo que no sería descabellado pensar que este fragmento fuese auténtico, secuestrado por el mar hasta el día de hoy. Me ha parecido una lectura muy interesante, así que he decidido compartir esta traducción libre.

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De cuentos y rondallas

Revista de Menorca

A mediados de agosto, tras una sequía de lecturas interesantes, decidí enfrentarme a un tema que tenía pendiente desde hacía mucho: la rica producción de literatura oral popular de la isla. La literatura folklórica, término hoy algo abandonado en favor del más general de tradiciones orales que propugna la UNESCO, supone un valiosísimo patrimonio inmaterial que debe protegerse y que enraíza y da sustento a nuestras tradiciones y cultura.

Desde septiembre del año pasado las rondallas menorquinas y las leyendas de Menorca han conseguido su reconocimiento como Bienes de Interés Cultural Inmaterial de Menorca (BICIM) por parte del Consell Insular de Menorca, lo que debería servir para impulsar medidas orientadas a su protección, promoción y difusión. En el propio expediente que propició esta declaración se indicaba que estaban en peligro y que, las que aún se conservaban, se estaban perdiendo a un ritmo acelerado. Las tradiciones orales, como son las leyendas y las rondallas, se transmitían principalmente en el seno familiar, de padres y abuelos a hijos, conservando estas tradiciones que se pierden en la historia. Los cambios de modo de vida, las alternativas de ocio más inmediato y el declive de la oralidad en la transmisión de tradiciones frente a los mass media amenazan su continuidad y, de hecho, en su declaración se indica que se encuentran en «grave peligro por falta de transmisión generacional«.

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Sobre la lectura

Hombre leyendo un periódico

Querido lector: el hecho de estar leyendo este artículo te sitúa en una posición de clara ventaja intelectual respecto al común de los ciudadanos. De acuerdo con el último barómetro de hábitos de lectura publicado, correspondiente a 2023, solo el 26,7% de la población mayor de 14 años ha leído al menos una revista al trimestre. No parece demasiado ambicioso lo de leer una revista cada tres meses, pero ya ves, lo has conseguido.

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