Michel era, ante todo, pacifista. Su ideología era internacionalista, y más próximo al anarquismo que a cualquier otra tendencia, si bien nunca justificó ni utilizó la violencia. Sus convicciones, sin embargo, no le libraron de hacer el servicio militar, que, como todos en aquel tiempo, incluía dos años completos de instrucción y servicio por la patria. Parece ser que con eso quedaron absolutamente colmadas sus ganas de llevar uniforme y armas para toda una vida. Se quejaba amargamente, además, de que la gorra que le hacían llevar y que le daba tanto calor era lo que le había dejado calvo. No es de extrañar, por tanto, que no tuviera ninguna vocación militar.
Me contaban en casa de pequeño que mi bisabuelo era un caso perdido en esto de las guerras. Dos veces le habían llamado a las armas y en ambas ocasiones había, más o menos, declinado gentilmente la oferta de ir a matar o a morir.
De la primera ocasión no tengo noticias. No sé si lo movilizaron como francés para la primera guerra mundial, o si se trató de alguna de las guerras españolas en África, pero lo cierto es que fuera la que fuese, decidió no ir. Cómo se salvó de castigos mayores es algo que desconozco, ya que la deserción no es algo que los militares traten a la ligera. Con su elegancia natural, en cualquier caso, lo cierto es que no combatió y estaba muy contento por ello.
Sobre la segunda ocasión sí que dispongo de más detalles, y la anécdota ilustra perfectamente el carácter de mi bisabuelo. Hacia el final de la guerra civil, en 1939, tras la caída de Barcelona bajo las fuerzas franquistas, solo Menorca seguía siendo republicana. Desde Mallorca se organizó una incursión de las fuerzas sublevadas para tomar la isla vecina, y sabiéndolo los menorquines, se organizaron en cada pueblo juntas de defensa, cuyo objetivo era salir al paso del ejército enemigo y frenar su avance.
En el pueblo, se acordó que la plaza sería el punto de encuentro. Allí debían reunirse a las nueve de la noche todos los hombres capaces de llevar armas, para organizarse como milicia y salir juntos a interceptar al ejército franquista en el punto previsto de desembarco. Así se lo dijeron los vecinos a Michel, para asegurarse de que no faltaría.
A mi bisabuelo no le apetecía especialmente la aventura. Trasnochar para ir a la ópera era una cosa, y trasnochar para ir a pegar tiros era otra bien distinta. Así que cenó temprano junto a su mujer y su hija y, con toda la parsimonia se fumó una pipa en casa. Su mujer, preocupada por el mal carácter que gastaban algunos líderes locales, urgió a Michel a que fuera a la cita. Él, sin inmutarse, le dijo que no se preocupara, que le esperarían. Acabó su pipa y decidió que le apetecía fumarse otra más, porque en estos casos bélicos, nunca se sabe si será la última. Cebó su pipa y se deleitó fumándola con toda la calma que permitían las circunstancias. Su mujer, evidentemente, seguía insistiéndole en que no acababa de ver claro todo el asunto de la paciencia del resto de voluntarios.
Acabada por fin la segunda pipa, cogió su zurrón y su escopeta, se despidió de su familia y fue hacia el punto de encuentro. Al llegar a la plaza, no había nadie allí. Le dijeron que se habían marchado sin él hacía más de media hora, pero que si corría, aún estaba a tiempo de alcanzarles. Sin dudar ni un momento, volvió a su casa a paso tranquilo, saludó a su mujer y a su hija y, cómo era de esperar, se preparó otra pipa. Ante el estupor de mi bisabuela Antonia, le explicó lo que había sucedido, y si antes estaba preocupada, ahora estaba directamente aterrorizada: sabía que desatender según qué órdenes podía equivaler a una condena de muerte en aquellos tiempos tumultuosos. Michel siguió fumando tranquilamente, y acabada la pipa, se fue a dormir sin mayores preocupaciones.
Al día siguiente llegó al pueblo la noticia del desembarco de las fuerzas franquistas y de la rendición de la columna que debía impedir su avance, sin ni siquiera haber disparado un solo tiro. Michel, después la jornada de trabajo en sus tierras, sin decir ni una palabra, aprovechó, como no podía ser de otra manera, para fumarse otra pipa.
* * *
Con todo, su afición por la deserción y su pacifismo a ultranza recibieron respuesta desde un flanco totalmente inesperado: su hija única, Isabelita. Tras la guerra, la isla fue recibiendo militares recién salidos de la academia, que habían participado en el bando ganador. Entre ellos, un teniente de infantería no muy alto pero bastante guapo, educado y de buena familia, vizcaíno de nacimiento y segoviano por crianza, con ojos verdes y porte distinguido.
Se han perdido aquí muchos de los detalles, pero Isabelita y el teniente coincidieron en algún evento social y, fue un caso agudo de amor a primera vista. Mi abuela, que también era una joven muy guapa, cautivó al joven militar con su simpatía y su elegancia natural, además de un cierto grado de refinamiento, ya que además de todo lo que se podía esperar de una jovencita formada en un colegio de monjas en aquella época, sabía tocar bastante bien el piano y hablaba francés.
El teniente, al que a estas alturas ya le podemos poner nombre, se llamaba Eduardo y bebía los vientos por Isabelita. Aunque estaba acuartelado en un punto bastante alejado del pueblo, pronto se hizo con una bicicleta con la que escaparse a ver a su amor en cuanto disfrutaba de un permiso. La hazaña de cruzar más de media isla en bicicleta por aquellos caminos de entonces, en uniforme y llegando más o menos presentable, para simplemente ver a Isabel unos instantes da cuenta de lo verdaderamente enamorado que estaba.
Michel, viendo lo pendiente que estaba su hija del joven militar, y pareciéndole éste un hombre honesto y totalmente enamorado, pronto aceptó recibirle en casa. Aunque a un anarquista pacifista previsiblemente no le hiciera mucha gracia lo de tener a un militar en la familia, supo anteponer la felicidad de su hija a sus preferencias, y reconociéndole cierto valor al joven, le dio la bienvenida a la casa.
Algún tiempo después, aquel joven teniente acabó pidiéndole a Michel la mano de su hija y, bastante tiempo después, acabó siendo mi abuelo, del que llevo con orgullo su nombre y apellido.
Sin embargo, estoy convencido de que Michel, el suegro, y Eduardo, el yerno, jamás consiguieron entenderse el uno al otro. La relación siempre fue cordial, pero las diferencias de carácter, de forma de entender el mundo, eran totalmente irreconciliables. Podemos decir que ambos se toleraron de una forma respetuosa durante toda su vida por amor a Isabelita.
Michel era paz y sosiego, la paciencia personificada, siempre abierto a cualquier idea, viniera de donde viniese, dispuesto a escuchar, reflexivo y callado. A Eduardo, por su parte, la guerra le obligó a echarse al monte para luchar por una causa que entendía que era la suya, que era justa, que era la única posible. Todas estas certezas y tres años de soldado siendo todavía adolescente fueron lo que forjaron su carácter, mucho más vivo, más voluble, con mucha más fe y dogmas que razones, más sensible al rango y a la disciplina que a los argumentos.
Y así fue como el labrador intelectual, ilustrado y pacifista, desertor de dos guerras, acabó teniendo bajo su techo y aceptando en su familia a un oficial de infantería uniformado que, a diferencia de él, sí había participado en la guerra. Pese a no creer en el destino, supongo que Michel algunos días sí que creía en el irónico sentido del humor del universo.
Publicado en la revista Ciutadella de Franc de abril 2026.