Jorge Luis Borges, en su cuento «Pierre Menard, autor del Quijote», explicaba la historia de un hombre que había sido capaz de escribir, tras muchos años de estudio, el Quijote tal y como lo redactó Miguel de Cervantes, palabra por palabra, idéntico. El relato era una inmensa broma metaliteraria en la que se valoraba el gran mérito que tenía a nivel filológico el trabajo de Menard.
Mi historia, por el contrario, es verídica. Segundo Petrus fue, sin duda, una persona original. Empezando por su nombre, que le fue puesto precisamente porque nació el segundo en un tiempo donde no había ecografías. Sus padres habían elegido un nombre para el caso de tener un niño, como fue el caso, Edmundo, pero no contaban con un nombre en reserva para un parto múltiple, así que cuando asomó una segunda cabeza, se consumó su destino: Segundo para siempre.
Conocí a Segundo cuando ya era un hombre mayor, aunque seguía trabajando junto a sus hermanos en la barbería familiar en la Plaza Real. Orestes, Edmundo y Segundo afeitaban y cortaban el pelo en la que fue, seguramente, la última barbería auténtica de la ciudad. Mis primeros cortes de pelo infantiles fueron allí, junto con mis primeros arrepentimientos al ver los resultados. Poco quedaba ya de su llamativo pelo pelirrojo, pero recordaré siempre su imagen, delgado y ágil, moviéndose en torno a la silla de barbero, sonriente y parlanchín, con los ojos alegres mientras movía veloz las tijeras.

Segundo era un hombre jovial, siempre alegre y de un buen humor que resultaba contagioso. Hablador, como corresponde a un buen barbero, suplía de noticias a sus clientes y, a la vez, extraía de estos nuevas informaciones que seguir compartiendo mientras rapaba cabezas y barbas.
Era sin duda un hombre que había decidido centrarse en la realidad más material de la vida. Supe, muchísimo tiempo después, que en su juventud sí había tenido un arranque ideológico y, con apenas quince años, se había afiliado al Partido Socialista junto a su mellizo. Quizás el año 1936 no fuese el más propicio para este tipo de gestos. Cuando por fin cayó la isla, último baluarte republicano de toda España, ese carnet le costó la prisión, primero, y por intercesión de su hermano mayor, la conmutación de su condena por un servicio militar que duró años y años. Quedó con ello escarmentado de por vida de los aspectos más ideológicos de la existencia y se centró en cuestiones más tangibles, aunque volviera, ya en democracia, a afiliarse de nuevo.
Pero no quiero hacer aquí una semejanza de Segundo, ni este texto pretende ser su biografía. Necesitaba unas breves notas introductorias para que los lectores puedan imaginar quien fue Segundo antes de explicar lo que necesito contarles.
Una vez jubilado, abandonado el oficio de barbero excepto para cuatro viejos clientes a los que visitaba en sus casas, coincidía con Segundo en algunos encuentros familiares o, de vez en cuando, de forma imprevista, paseando por la ciudad.
Este Segundo solitario, tan diferente del que cumplía con su papel de alma de las fiestas familiares, seguía siendo alegre pero hablaba de temas más serios. No sé si lo hacía con todo el mundo o solo conmigo. En uno de esos encuentros casuales, apenas yo adolescente y él ya un septuagenario jubilado, salía ufano de una librería en la que me había provisto de varios libros. Al saludarme Segundo, siempre amable, siempre afectuoso, reparó en los libros que llevaba en la mano.
Como a algunos otros miembros mi familia materna, les preocupaba que siguiera los pasos de mi padre, así que verme con libros era, sin duda, un mal augurio. Insistió en lo de siempre: que mi padre era un hombre muy listo, pero que toda esa inteligencia le había hecho mal. Que yo, que era un buen chico, tenía que aprender un oficio y dedicarme a él. Solía completar estos sermones, que eran una especie de obligación ética familiar, dándome siempre una propina. Junto a la moneda de veinte duros vino esta vez otra petición: no te lo gastes en libros. Culpaban a la lectura de buena parte de los problemas de mi padre. Ante mi cara de circunstancias, Segundo decidió hacer una confesión adicional: fue muy poco a la escuela, pero siempre hizo mucho caso a lo que le dijeron los profesores. Le habían dicho allí que el Quijote era el mejor de los libros jamás escritos y él había tomado nota de ello. Por eso, una vez casado, se compró una buena edición del Quijote, que tenía sobre la mesita de noche, y que leía a diario antes de dormir. Siendo el mejor de los libros, no tenía sentido leer ningún otro, ya que era un gasto innecesario que nada aportaba.
Dicho esto, se despidió, siempre amable, siempre afable, y continuó su paseo. Mi yo de catorce años quedó muy impresionado por la confesión quijotil y cervantina. Y aún hoy, imagino a Segundo en su cama, cada noche, durante más de cincuenta años, leyendo una y otra vez las aventuras de Alonso Quijano, ignorando voluntariamente y de forma decidida cuatro siglos más de literatura. Me fascina la imagen y me seduce la idea. Yo mismo releo de forma periódica algunos libros que considero importantes, aunque entre relectura y relectura me adentro en muchísimas otras obras, antiguas y modernas.
No volví a hablar jamás de este tema con Segundo, pero siempre que coincidía con él recordaba su confesión. Nunca supe si era un lector ávido o si, metódico como era, leía cada noche el mismo número de páginas del Quijote. Trataba de imaginar cuántas veces habría leído el Quijote completo, haciendo cálculos y preguntándome si, quizás, aquel barbero jubilado era la persona del planeta que más veces habría leído la obra de Cervantes. Trataba de entender también si parte de su carácter, de su forma de vivir, eran el resultado de su lectura, sostenida e insistente, de las aventuras del caballero de la triste figura.
Al lado del ficticio y borgesiano Pierre Menard, escritor del Quijote, creo que la vida de Segundo, tan real, tan cierta, tan práctica, fue mucho más quijotesca y, en cierta forma, literaria, de lo que él hubiera podido imaginar jamás. Y me pregunto, además, si en cierta forma no hacemos todos lo mismo que Segundo, leyendo una y otra vez, de principio a fin y vuelta a empezar, un mismo libro, reviviendo siempre una misma historia en un bucle infinito, sin cambios.
Publicado en la revista «Ciutadella de franc» de septiembre de 2026.