Las cosas que escribo

Olivetti Pluma 22

Las cosas que escribo no pretenden cambiar el mundo. Las cosas que escribo tampoco pretenden decorarlo. Las cosas que escribo se limitan, en general, a dejarse escribir y, por ello, acostumbran a ser verdad, incluso aunque se trate de ficción. Las cosas que escribo no tienen otro propósito que salir de mí y quedarse agazapadas en el papel, esperando a algún lector incauto que probablemente no llegue nunca.

Las cosas que escribo son, en ocasiones, algo rencorosas. No porque yo lo sea, sino porque se sienten olvidadas por sus hermanas mayores, las cosas que publico. Las cosas que publico tienen una mejor presencia y tratan, además, de cambiar el mundo o de decorarlo. Tampoco son mentira, aunque muchas veces tampoco acaben de ser verdad. Las cosas que publico no muestran ningún interés por las cosas que escribo, que son las hermanas pequeñas, siempre más desgarbadas, menos organizadas e incluso algo torpes.

Sin embargo, las quiero a todas por igual, reconociendo errores y virtudes en ambas, porque todas ellas han salido, de una forma más o menos azarosa, más o menos voluntaria, de mi mente. Son, por tanto, hijas mías y hay que querer a los hijos pese a sus defectos, que no son pocos.

Las cosas que escribo, débiles y tímidas como son, me sobrevivirán. Una vez surgidas de mí, tendrán vida propia en tanto la mía se extinga, y más allá. Serán, además de hijas mías, hijas también de su tiempo, y ese tiempo ─mi tiempo─ también desaparecerá. Los artefactos culturales, las referencias e incluso el lenguaje, llegarán también a su fin, hasta hacerlas incomprensibles, hasta que lleguen a ser una reliquia, un jeroglífico de significado desconocido, una combinación azarosa de letras que nada dicen.

Vuelvo aquí a mi obsesión por la entropía, la más cruel de las reglas que rigen este universo. En nuestra realidad ─en cualquier realidad en este cosmos que compartimos─ poner orden supone consumir energía, mientras que el desorden, el caos, suceden de forma espontánea. Crear, pensar, escribir son formas superiores de orden y, precisamente por ello, suponen un considerable consumo de energía. Todo lo creado, salvo que se le aplique energía para conservar ese orden, está condenado a deshacerse, a desordenarse, a desaparecer. El tiempo solo destruye porque posibilita el triunfo inevitable de la entropía. El caos es el único resultado posible en los días finales de nuestro universo.

Plantemos un árbol, tengamos un hijo, escribamos un libro. Todo desaparecerá, tarde o temprano. La entropía hace que esto sea equivalente a plantar un hijo, tener un libro y escribir un árbol: el resultado, tras nosotros, será el mismo.

Jugar con las palabras es, al final, jugar con las ideas. Los malabarismos del lenguaje producen equilibrismos de las ideas, lo que puede llevarnos hasta lugares mentales imprevistos. Dejar abierta una puerta a la imaginación es, precisamente, desuncir del yugo de la razón a las ideas, azuzarlas y dejar que avancen hacia donde quieran. Reunirlas después de nuevo puede ser un trabajo largo e ingrato, pero una idea libre, original, propia, no sometida al imperio de las creencias, es siempre más poderosa, más fuerte, única.

Seguiré avanzando por estos caminos. Y, por si acaso, publicaré esta cosa que he escrito.