«No sabemos lo que nos pasa y eso es lo que nos pasa»
—José Ortega y Gasset
A veces, uno empieza a escribir y no tiene muy claro hacia dónde le llevarán las palabras. Hay algo misterioso en dejar que las frases busquen sus propios caminos, se entrelacen entre sí y, poco a poco, vayan conformando una historia, un artículo, una opinión. Me pregunto muchas veces de dónde vendrán, qué pretenden, si es que quieren algo por sí mismas o si soy yo quien quiere alguna cosa de ellas, si son de verdad mías o simplemente alguien o algo me las presta, más allá del puro azar combinatorio que supone sentarse frente al teclado y abrir las compuertas de la imaginación. Veamos hasta dónde nos llevarán hoy…
Hace poco, poco tiempo, aunque alguno ya, en un pequeño reino junto al mar, creció un niño, alto y algo desgarbado, llamado Doménico, que con sus ocurrencias hacía reír a sus mayores. Su fama fue creciendo a medida que lo hacía él, y con sus historias, siempre inventadas, entretenía a su familia y vecinos, por más disparatadas que fueran.
Ese era, al fin y al cabo, su talento: tener ocurrencias graciosas. Su mundo era pura fantasía y nada de lo que decía era verdad. Imaginativo como el que más, y ligero en sus palabras al no tener que cargar con el peso de una cultura, sus disparates, por lo sonados que eran, divertían hasta a las personas más serias. No todos se reían de sus historias: otros se reían simplemente de él, pero la crueldad es un rasgo que, desgraciadamente, abunda en todas partes.
El joven Doménico fue ganando fama, primero en su calle, después en su barrio —no necesariamente una buena fama, pero para el caso, da lo mismo: la fama es la fama, buena o mala— hasta que un avispado impresor le dio un espacio público en el que explicar sus historias disparatadas. Sus cartas, discursos alucinados que ignoraban siglos de ciencia y los sustituían por disparates inventados, llamaron la atención de muchos, para bien y, obviamente, también para mal. Envalentonado por este improbable éxito, fundó una academia científica, desde la que sentar cátedra entre sus ilustres seguidores, dándose así relumbrón y prestigio intelectual ante sus partidarios. Su novísima academia, prestigiosa institución, no tenía otro fin que defender como ciencia pura lo que se le antojaba a la floreciente imaginación de su presidente, fuera lo que fuese.
Los que le conocían, sabían que Doménico era un simple bromista, gracioso y ocurrente, y su trabajo era entrener, sin más. Pero ese espacio público le permitió llegar hasta otros muchos que no lo conocían y que, por ello, se tomaban en serio cuanto decía, como si fueran verdades y él un respetable doctor en ciencias.
El joven Doménico, más astuto que jovial, fue el primer sorprendido ante este nuevo público que creía que sus ocurrencias eran verdades, pero descubrió también que cuanto mayor era la mentira, cuando más grotesca la historia y más lejana de la realidad, con mayor entusiasmo se creían sus desvaríos. Empezó a negar que el sol saliera por el este o que el agua mojase, atacando con vehemencia a quien pensase así, y llamando a sus disparates ciencia y sentido común, y a sus adversarios, locos o mentirosos: estoicos —a los que defendían que el sol sale por el este— y mojaderos —a los que pensaban que el agua moja—. Cuanto más ruido hacía, más lejos llegaban sus palabras, así que se esforzó en conseguir despropósitos cada vez más mayúsculos.
El virrey de aquellas tierras, de nombre Gandolfo, que también a veces creía en aquellas estupideces pero, sobre todo, reía con ellas, era un hombre eminentemente práctico. Por ello, más que en sus ideas, creía en la fuerza de todos esos seguidores entusiastas, y nombró al popular personaje consejero del reino. Sabía que últimamente, en otros reinos cercanos los más bromistas habían acabado en el trono precisamente por sus ocurrencias.
Y así, aquel muchacho con talento para contar historias disparatadas que hacían reír, se vio de repente con poder para imponer sus ideas imposibles, y acabó así tomando decisiones ridículas y absurdas, pero que afectaban a todos y que, sin embargo, ya no hacían reír a nadie, salvo a los fánaticos de sus ideas, que nunca supieron o quisieron ver lo que era de verdad Doménico.
El virrey Gandolfo, en ocasiones, demostraba sorpresa ante las ocurrencias de su consejero, pero públicamente tenía que concederle la razón, aunque su cara reflejase su preocupación. Demasiados bufones ocupaban tronos ya en los reinos vecinos mientras las cabezas de los reyes habían rodado. El joven consejero, sabedor de su influencia sobre el virrey, que no osaría contradecirle en público, trajo a otros famosos charlatanes desde otros reinos, para que cada uno explicase sus propios disparates como si fueran verdades, mientras Gandolfo bajaba la cabeza, avergonzado en su propio salón del trono. Y así la mentira se enseñoreó de aquel pequeño reino, antes tranquilo, hasta el punto que sus súbditos no podían distinguir ya la verdad de la mentira, porque se imponía el engaño y se negaba la realidad, tachándola de simple fantasía.
Con el tiempo, los sabios que había en el reino, hartos de tanto despropósito, tras exponer al propio Gandolfo sus consideraciones, que ignoró sus quejas, se retiraron uno a uno del consejo del virrey y de aquella tierra antes feliz, tras tratar de explicarle que se equivocaba, y que no hay peor loco que el monarca que se deja aconsejar por quien no sabe. Eclesiásticos y nobles señores fueron, uno a uno, retirando su favor al virrey, indignados por las ignominias del joven consejero, que nada respetaba, forzando a Gandolfo a apoyarse en ricos burgueses, a los que perdonaba impuestos y otorgaba copiosas dádivas para atraer su favor.
El virrey Gandolfo, atrapado por los delirios del consejero Doménico, descubrió demasiado tarde que se había convertido él en bufón del reino y que nada podía hacer ya, porque su palabra valía tan poco como la de su colaborador. Cuando la verdad se confunde con la mentira, cuando blanco y negro son indistinguibles, cuando se manda callar a los sabios o se les destierra, los bufones se hacen reyes y los reyes, sin duda, dejan de serlo y merecerlo, para convertirse en bufones ante los ojos de todos.
Y ésta es la moraleja de este cuento: cuando es el loco el que guía al cuerdo, la cordura se convierte en locura, y el sentido común deja de serlo. Si la mentira se disfraza de verdad, si la opinión se viste de ciencia o el interés de unos pocos se convierte en el interés común, ¡ay de los pobres súbditos de esa tierra!
Y colorín, colorado, este cuento no ha acabado.
Publicado en la revista Ciutadella de Franc de marzo 2026.