De libros y recuerdos

Pertenezco a la cuarta generación de lectores de mi familia. Desde mi bisabuelo hasta mí fluye ese amor incondicional por los libros que se manifiesta en algo tan tangible y cierto como la biblioteca familiar, que ha pasado de padres a hijos, dejando a cada uno de ellos la obligación de cuidarla, de mimarla, de leerla y, en la medida de lo posible, de ampliarla de acuerdo con sus propias inquietudes.

El mérito es, evidentemente, de mi bisabuelo, ya que fue esa rara avis: un lector espontáneo, nacido en una familia humilde y con una cultura modesta. Labriego hasta cierto punto acomodado, propietario de la tierra que trabajaba, no dejó de leer, de aprender, de coleccionar libros en un pueblo donde aún no había librerías. Su amor al conocimiento, su afán por aprender, le dieron fama de personaje excéntrico, estrafalario, opinión que todavía hoy persigue a mi familia y que también he tenido que arrostrar toda mi vida.

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De gatos y espíritus

Gatitas

Mi gata es ya muy mayor. Ni ella ni yo tenemos muy clara su edad, pero estoy convencido de que tiene más de veinte años. Conserva intacta su curiosidad y siempre ha sido muy cariñosa, aunque se le nota que últimamente ha perdido una cierta agilidad. Digo mi gata, aunque en realidad todos los que nos relacionamos con los felinos sabemos que los gatos son solo suyos y de nadie más. Me corrijo por tanto: la gata que vive en mi casa es muy mayor. No puedo contar su historia, ya que en realidad sólo he sido testigo de una fracción minúscula de su vida. Fue primero la gatita de mis abuelos, después la gatita de mi padre y ahora es mi gatita, o, lo que es lo mismo, ha sido siempre la gata guardiana de la casa familiar y su jardín.

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