Almas simples

Obras carretera

A veces, permanecer en silencio es mentir,
ya que el silencio puede interpretarse como asentimiento.
Miguel de Unamuno

Todos llegan hasta aquí de la misma forma, por mar, escupidos por las entrañas del gigantesco leviatán, como Jonases redivivos. El viaje, más corto o más largo, los deja exhaustos, confundidos. Horas de continuo balanceo en una perfecta oscuridad y con un ruido ensordecedor es lo más lejano a su hábitat natural, almas simples de hierro. Con todo, pese a la penosidad del viaje, llegan siempre emocionados, excitados, con ganas de verlo todo, de recorrer la isla entera, de atravesar de extremo a extremo todos sus caminos.

Tras una espera que se hace eterna, el balanceo se va reduciendo hasta desaparecer. Todos los sentidos apuntan a que por fin se ha detenido el transporte. El ruido continuado de las últimas horas cambia de tono, cambia de ritmo, hasta que, sin previo aviso, cesa. Un nuevo sonido, breve y metálico, se deja oír y, por fin, se vuelve a ver la luz del día. Esa rendija cegadora va creciendo, hasta que ilumina a todos los que viajan en el inmenso vientre del artilugio marino. Se miran unos a otros, reconociendo a sus iguales, conteniendo apenas su entusiasmo, que pronto se manifestará en el ronroneo mecánico de sus motores.

Poco a poco, ordenadamente, salen de esa oscuridad que se les ha hecho tan odiosa. Pequeñas figuras dirigen la desestiba con gestos bruscos y gritos que son órdenes. Hay tantas ganas de llegar fuera que los nervios están a flor de piel. Algunos tratan de colarse para salir unos minutos antes y el sonido de las bocinas se vuelve por momentos ensordecedor, mientras los operarios gesticulan aún más, amenazantes, y redoblan sus aspavientos.

Por fin están fuera. Han conseguido salir de la bestia sin apenas rasguños y dejan atrás la travesía y las penumbras. Un sol radiante les saluda a su llegada, reverberando sobre un mar de color azul intenso cuyo rielar recuerda a la oscilación de una mano que saluda. Lo han conseguido, después de todo, y ya pisan la isla.

Ruedan ordenadamente, uno tras otro, por las instalaciones del puerto. El ritmo es lento, con frecuentes paradas, lo que hace que se multipliquen sus ansias de llegar por fin a la carretera y dejar libres todos sus caballos para sentir, tras la larga espera, la sensación de acelerar, la velocidad creciente que devora las distancias.

Pero ese momento no acaba de llegar. Los carriles de circulación del puerto se convierten en calles y éstas en carreteras, salpicadas de rotondas, a las que llegan en compañía aún de los mismos vehículos con los que desembarcaron, manteniendo idéntico el orden de salida.

Los indicadores muestran que se van haciendo kilómetros, pero los relojes desmienten cualquier sensación de velocidad. La libertad que esperaban tener en las carreteras de la isla es un sueño que no parece que vayan a alcanzar.

En esas sucesivas rotondas, más y más tráfico rodado se interpone en su camino, y cuando por fin salen a la carretera principal, van todavía más lento que por los viales de conexión. La frustración crece entre los coches desembarcados. Muchos de los cuales han venido engañados por sus dueños, bajo la promesa de que aquí estarían tranquilos, lejos de los atascos de la gran ciudad. No es así. Los kilómetros se eternizan sin posibilidad de hacer otra cosa que aceptar que no se puede ir más rápido, que no se puede adelantar porque el otro sentido de circulación está igual de concurrido.

Esta monótona marcha descubre, de pronto, que algún brillante gestor ha decidido que ésta es la mejor época del año para hacer grandes obras en la carretera. Se suceden los desvíos, los vericuetos, la señalización, progresivas limitaciones de velocidad y tantas líneas en el suelo que los sensores no saben por donde circular. La rabia de todos esos motores frustrados se convierte en una densa humareda que se confunde con el tórrido polvo que levantan los neumáticos. Una niebla de animadversión se eleva sobre la maltrecha carretera, señalizando en la distancia ese cúmulo de odio que se solidifica por momentos.

Las obras quedan atrás, pero la velocidad se mantiene. Los vehículos alcanzan por fin sus destinos, unos en las urbanizaciones de costa, otros en los núcleos de población, pero todos ellos se enfrentan al siguiente desafío: cómo y dónde estacionar. Vueltas y más vueltas en círculo, ampliando cada vez más el radio del mismo, aunque sin suerte. Como son muchos más los que buscan, pronto se convierte en una especie de procesión de Semana Santa, en la que los bocinazos sustituyen a la música devocional, parando todos ante cada espacio libre que resulta ser un vado, acelerando un momento cuando parece que hay una plaza sin ocupar, hasta que se descubre en ella una moto… Vueltas y más vueltas, tiempo que multiplica la frustración acumulada.

Mucho rato después ocurre el milagro y alguien sale en el momento justo. Se aparca por fin y, ante la perspectiva de aventurarse de nuevo en la carretera, el coche queda abandonado allí hasta el día siguiente, mientras sus propietarios, no menos frustrados que su vehículo, caminan con sus equipajes la larga distancia hasta sus alojamientos. Mañana será otro día.

Y sí, la mañana es otro día, el primero completo de las vacaciones, en las que no apetece madrugar y hay que recuperarse del cansancio del viaje. El vehículo vuelve a ponerse en marcha a media mañana, con instrucciones para evitar las carreteras principales y, así, poder disfrutar del camino, esquivando las acumulaciones de vehículos.

Acercarse hasta alguna playa parece la elección lógica. Las imágenes vistas antes de elegir el destino vacacional mostraban arenales blancos, desiertos, que hacen de frontera entre un mar turquesa y el verdor de pinares de sombra fresca. La ruta discurre por carreteras más estrechas pero no menos concurridas. Al llegar al desvío oportuno, unos paneles señalizadores indican que no se puede acceder ya a la playa elegida por estar su aparcamiento completo. Se descartan así varias playas en la misma situación. Se acaba optando por otra, más lejana, que supone todavía más tiempo en carretera.

No hay esta vez panel informativo, pero el aparcamiento está también completo. No solo el aparcamiento: las calles próximas, los arcenes de la propia carretera, las isletas… Todo rebosa coches aparcados. La realidad de cuatro ruedas hace sospechar, además, que la playa tampoco será un blanco arenal desierto, sino todo lo contrario.

Tras un largo safari consistente en encontrar un espacio donde físicamente quepa el coche, haciendo ya caso omiso a las más elementales normas de circulación, una nube se extiende de lado a lado del horizonte, ignorante de que el parte meteorológico establecía cielos despejados. El aguacero arranca sin previo aviso y todos los automóviles huyen despavoridos a la vez.

Los automóviles, tan gregarios como sus dueños, deciden que, ante la lluvia, el mejor plan es ir hasta la ciudad y aprovechar el día para hacer compras. Todos se ponen en marcha a la vez, ocupando las mismas carreteras, las mismas calles, los mismos accesos a la ciudad, las mismas plazas de aparcamiento. El colapso es absoluto y el asfalto se convierte en una ratonera. Horas de motores encendidos que no conseguirán llegar a su destino.

Un solo día ha bastado para que todos estos seres rodados ansíen volver al ferry que ha de llevarlos de vuelta a sus atascos, conocidos, previsibles, queridos. En la quietud de la noche, sus almas mecánicas reparan en algo que les ha pasado desapercibido hasta ahora: ¿qué pensarán los coches de aquí? ¿qué harán los que no tienen otro remedio que sufrir esto cada día? Y sus corazones de hierro se estremecen, aliviados al conocer que su tormento acabará en pocos días, pero con el remordimiento de saber que sus compañeros de la isla no saldrán nunca de esta pesadilla.

Publicado en la revista Ciutadella de Franc de junio de 2026.