Les sanglots longs / Des violons / De l’automne
Blessent mon cœur / D’une langueur / Monotone.
─ Verlaine
Boris Vian, máximo exponente del surrealismo literario francés y, además, excelente trompetista de jazz, publicó una novela con este mismo título. En sus primeras páginas aclaraba que no sucedía en otoño ni en Pekín, por lo que mi artículo le lleva alguna ventaja: sí que transcurre en otoño, aunque probablemente tampoco lo haga en Pekín. A cambio, pese a que me encanta el jazz, no sé tocar la trompeta.
Ya está aquí el otoño o, al menos, eso nos dice el calendario. El calor veraniego nos acompaña aún a ratos, pero no con la ferocidad que lo ha hecho en julio y agosto. El cambio climático ─nos dicen unos─, inventos progres ─dicen otros─, pero ni unos ni otros recuerdan un verano en el que haya hecho más calor en Menorca (o en Pekín). Por esta parte, al menos, el otoño nos regala una tregua.
También nos da un respiro el fin de la temporada alta turística: las carreteras vuelven a ser algo más transitables, recuperamos algunas de las playas a las que tenemos vetado el acceso en verano y es más probable que encontremos mesa libre en nuestros restaurantes favoritos. Pasear por el centro de las ciudades deja de ser un ejercicio de contorsionismo y aparcar no es ya una gran odisea.
Poco a poco, parece que la isla de la calma va recuperando su ritmo, más sosegado, más pacífico, más equilibrado, en sintonía con el carácter de sus habitantes. Muchos respiramos un poco más tranquilos ante esta tranquilidad creciente.
Pero alejémonos por un momento del tópico. Todo lo que explicaba hasta ahora, que se repite con pocas variaciones cada año, es tan obvio, tan predecible, que no merece la pena insistir en ello. Exploremos lo que nos trae este otoño de nuevo, lo que tiene de único este mes de octubre de 2026, y centrémonos en Menorca (o en Pekín, si lo prefieren).
El primer cambio perceptible, propio únicamente del otoño de este año y de todos los siguientes cada cuatro años, es que la realidad empezará a hacerse borrosa o, si lo prefieren, dudosa. Unos nos explicarán que todo va muy bien y que podría ir aún mejor. Otros, igual de convencidos, nos dirán que todo va mal e irá a peor. ¿Por qué hay opiniones tan encontradas sobre algo tan tangible, tan innegable, como la realidad que, además, compartimos y vivimos todos, formando parte de ella? Pues muy sencillo: no dejen que el calendario les confunda. En octubre del 2026 la realidad se vuelve difusa por lo que pasará a finales de mayo de 2027. El otoño supone siempre el inicio del curso político, y coincide con un año electoral, así que unos y otros nos bombardearán a diario con mensajes contradictorios, acusando siempre de mentir a quien defienda la opinión contraria.
En otoño vuelve también la gripe y las campañas de vacunación previas al invierno, pero no se engañen: no hay vacuna que nos evite la paliza que nos darán unos y otros para convencernos de que su opción es la única correcta y que todos los demás se equivocan. En su día, ayudaba bastante leer el periódico. O, de ser posible, los periódicos: más de uno para evitar los sesgos que imponen las líneas editoriales. Pero en estos tiempos de redes sociales y comunicación acelerada, de clickbait y contenidos generados por Inteligencias Artificiales, los periódicos han sucumbido también a la imperiosa necesidad económica, y se venden al mejor postor. Quizás nos toque, en un esfuerzo titánico, volver a pensar por nosotros mismos.
Yo mismo seré uno de esos candidatos y, como es lógico, trataré de explicar las bondades de mi propuesta. Me he prometido a mí mismo que solo defenderé lo que planteo y evitaré por todos los medios descalificar a mis contrincantes. Las palabras son importantes: contrincantes, que no enemigos. Adversarios políticos, sí, pero no la encarnación del mal en la tierra. A veces se les/nos olvida esta parte y subimos el tono innecesariamente. Y el debate bronco en las instituciones políticas, los titulares apocalípticos de los medios, tienen su reflejo en el desapego ciudadano hacia la política.
Les invito a entrar en mis redes sociales, o en las de cualquiera que esté mínimanente metido en política, y verán a lo que me refiero: insultos y ataques personales por parte de personas a las que no conozco personalmente, a las que no he tratado profesionalmente y que, además, tampoco han sido afectadas por decisiones que he tomado en el ejercicio de cargos públicos. Parece que el linchamiento continuado del contrario se ha normalizado. Quizás cumple un cometido terapéutico y se subliman así energías negativas, dando salida a frustraciones personales. O quizás, como en el fútbol, la gente simplemente defiende a su equipo atacando a todos los demás. No lo sé.
En otoños así, aunque haga menos calor, la gente se sigue acalorando. Quizás en eso sí nos lleve alguna ventaja Pekín. Pero tanto en Pekín como aquí, los árboles dejarán caer lentamente sus hojas cuando el sol otoñal las haya dorado. Las últimas golondrinas dejarán sus nidos hasta el año que viene y otras aves llegarán hasta aquí para hibernar en nuestro clima templado.
En Pekín, y también en Menorca, los seres humanos seremos en ocasiones felices y, en otras, desgraciados, pero seremos, al fin y al cabo, nosotros. En otoño, sí, cuando podemos ser otra vez nosotros mismos, de nuevo personas y no un mero decorado para que otros se saquen fotos.
En Menorca, aunque quizás no en Pekín, podremos decidir pronto si queremos seguir siendo la escenografía de otros. Tras el otoño llegará el invierno y, después, el renacer de la primavera. Esperemos que el verano que nazca de ésta sea, por fin, un poco más nuestro.