El café es el regalo de Dios a la humanidad.
– Ralph Waldo Emerson
Hay algo tan cotidiano en disfrutar de una taza de café que, a veces, se nos olvida que se trata de una tradición centenaria. El diccionario, en su incansable afán sistematizador, define el café como la «bebida que se hace por infusión con la semilla tostada y molida del cafeto». Muy simplificador, ¿no les parece? Esta definición ignora todo el ritual, toda la tradición y toda la emoción que asociamos al gesto diario de tomar un café.
En casa, en el bar o en la oficina o, poniéndonos algo más hipsters, en el parque o por la calle, disfrutar de una taza de café es una costumbre muy habitual. En nuestro país consumimos cuatro kilos y medio de grano de café tostado por persona y año. El cálculo es sencillo: a siete gramos de café molido por taza, resultan más de seiscientos cafés anuales por cabeza. Haciendo mis propias cuentas, tengo claro que me estoy tomando las tazas que corresponden a unos cuantos ciudadanos. A mucha distancia, en cualquier caso, de los doce kilos que consume cada finlandés: será cosa del frío.
¿Por qué tomamos café? Esta pregunta va mejor encaminada. Hay muchos motivos distintos: por costumbre, por necesidad –como estimulante en nuestras horas bajas–, por placer o, simplemente, como excusa propiciatoria para mantener una buena conversación con alguien. Todos los motivos son válidos y, como acostumbran a repetir los médicos más agoreros, la cafeína es la droga psicoactiva más consumida en el mundo. Sí, la molécula de cafeína –de la familia de las xantinas–, bajo su aparentemente inocente fórmula química, C₈H₁₀N₄O₂, esconde un potente estimulante del sistema nervioso central con capacidad para alterar nuestro estado de ánimo. Acelera nuestro corazón, camufla nuestro cansancio, combate nuestra somnolencia, mejora nuestra resistencia y, además, el café también viene cargado de sustancias antioxidantes beneficiosas para la salud. Y sí, la cafeína y, por tanto, el café, producen adicción. Una adicción relativa que produce su propio síndrome de abstinencia: irritabilidad y dolor de cabeza en caso de privación. Por eso hay mucha gente que no es persona hasta que no se ha tomado el primer café del día. Todos conocemos a alguien así. Y también existe el riesgo de sobredosis, que provoca nerviosismo e insomnio: cuidado con el entusiasmo cafetero.
Pero de lo que de verdad me interesa hablar es del café como lugar común, casi como metáfora, como cultura y también como punto de encuentro. Me tomaré la libertad de hablar de mis propios cafés, por si les sirven de orientación para interpretar los suyos propios.
El primer café del día, matinal y casi siempre doméstico, supone un momento de paz previo al ajetreo de la jornada laboral. Es un rato para uno mismo, compartido, como mucho, con la lectura del periódico. Tras él, me doy permiso para enfrentarme al día. Es, sin duda, un café algo individualista pero generoso, en gran formato, introspectivo y, a la vez, funcional. Durante los fines de semana, disponiendo de más tiempo y menos prisa, es fácil que se duplique o incluso triplique, posibilitando un buceo a mayor profundidad entre las noticias del periódico o incluso adentrarse entre las páginas de un buen libro.
Está también el café laboral en sus múltiples variantes. Aquí nos encontramos con el café de la máquina de la oficina –sea de monedas, cápsulas o filtro– que tiene dos variantes principales: individual y compartida. La individual nos permite darnos un respiro, desconectar un poco de nuestras tareas, convirtiéndose así en una excusa perfecta para estirar las piernas y también las ideas, a las que no les sienta bien estar demasiado tiempo sentado. Nos devuelve un poco a nosotros mismos y, además, aporta ese empujón a media mañana que nos proporciona energía para llegar hasta la hora de comer. Cuando es compartida, la pausa del café es la excusa para interactuar con nuestros compañeros. Desde la conversación espontánea, informal y amigable sobre las actividades del fin de semana, intereses compartidos o amistades comunes –cuando no el simple cotilleo de oficina– hasta el café más táctico y profesional, en el que hablar de temas laborales, problemas, diferencias u objetivos, actuando así como excusa para evitar reuniones más formales y encorsetadas por el protocolo del rango. El café rompe así el hielo y, además, nos iguala: ante la taza de café tomada ante la máquina, de pie, no hay estatus que valga. Existe una versión premium de este café laboral, y es cuando podemos tomárnosla en el bar o cafetería y acompañarla con algo de comer. Nadie me convencerá de que hay algo mejor que una taza de café con un pincho de tortilla a media mañana mientras se hojea el periódico.
Pero la tipología más interesante de café es el que se produce después de «quedar para tomar un café», siempre más sosegado e inocente que quedar para tomar unas cañas. Ese café que es una excusa para ponernos al día con una persona a la que ya no vemos tanto, o con la que coincidir se ha hecho más difícil por el motivo que sea, o con la que simplemente queremos quedar. Esas tazas compartidas, anticipadas, para dar una noticia importante, para recibirla, para pedir un favor o para concederlo o, incluso, simplemente para pasar un rato con una persona a la que queremos y apreciamos. Ése es el café más significativo, el que independientemente de que sea solo, cortado, con leche o capuchino, con o sin azúcar, con sacarina o sin ella, en vaso o taza, nos devuelve a un mundo que es de verdad, el de las relaciones personales, el de las buenas conversaciones, el de la amistad o incluso del amor, el de las interacciones sinceras y en directo, más allá de los teléfonos, las distancias y los emoticonos. Compartir sin prisa un tiempo con alguien, para saber de él, para que sepa de nosotros o, simplemente, para estar allí, callados, frente a dos tazas de café humeantes, disfrutando de ese momento precioso que es importante para los dos. Ése es el café que me hace más feliz. Un café que es, sin duda, un regalo compartido. Un café, en definitiva, que es también otra excusa para ver a alguien, para hablar, y que siempre estimula la mente mucho más de lo que lo haría la cafeína por sí sola. Y, como los cafés, estos encuentros pueden ser dulces o amargos, intensos o suaves, fríos o calientes, cortos o largos, pero en todo caso necesarios.
Reivindico todos los cafés y, en especial, este último tipo del que he hablado, porque reivindicar un café compartido es reivindicarnos a nosotros mismos y es, en definitiva, recordar que lo que somos no es más que la suma de todas esas relaciones que nos forman. Cultivarlas, cuidarlas, buscarlas y reservarles un espacio importante en nuestras vidas es, precisamente, uno de los hábitos más saludables que se pueden tener. Es fácil encontrar un rato para compartir un café: no se pongan excusas. Un buen café compartido es lo contrario a perder el tiempo: es ganarlo para siempre construyendo memorias compartidas. Disfruten en compañía de su taza: es la mejor adicción.
Publicado en la revista Ciutadella de Franc de diciembre 2025.