Cuando se publique este artículo, cuando llegue a tus manos y puedas leerlo, probablemente habremos olvidado todos ya el nombre de Alex Pretti. Por eso, precisamente por eso, creo que es importante repetir una vez más su nombre para salvarlo, aunque solo sea por un momento, de esa marea del olvido que nos trae el simple paso del tiempo y la perpetua saturación informativa que sufrimos cada día los ciudadanos digitales de este siglo.
Tampoco sabemos demasiado del bueno de Alex. Sí, unos datos biográficos básicos, que apenas nos sirven para construir un elemental retrato robot, que es el suyo pero que podría ser el de otras muchas personas. Nació en Illinois, en el seno de una familia originaria del norte de Italia, y se crió en Green Bay, Wisconsin, una ciudad de poco más de cien mil habitantes a orillas del lago Michigan. Tras acabar el instituto completó su formación en la Universidad de Minnesota, donde se graduó en 2011. Hasta aquí, nada extraordinario. No tenemos más datos sobre si fue un buen o mal estudiante, un chico popular o tímido. Esos testimonios, poco a poco, irán aflorando: sus compañeros de clase recordarán que era muy hablador, que contaba los mejores chistes, o que era tímido y retraído, que apenas le recuerdan o que se emborrachó en el baile de graduación. Nada de eso nos devolverá a Alex, y ninguno de esos detalles cambiará lo que fue, lo que es hoy y lo que será en adelante.
En 2014 fue contratado como ayudante en un programa de investigación clínica del sistema de salud de los veteranos de Mineápolis. Consiguió su licencia para practicar la enfermería en 2021 y, hasta hace unos días, trabajaba como enfermero de cuidados intensivos del hospital de veteranos de Minneápolis. Esto sí nos dice algo más de él, sobre quién era, sobre lo que hacía: cuidaba a personas. Y es un trabajo que exige vocación, sin duda. Más todavía si se trataba de cuidar excombatientes, militares retirados o, simplemente descartados, curtidos, heridos, amputados o enloquecidos en las múltiples guerras que sistemáticamente abre su país en cualquier punto del mundo por motivos que solo se pueden explicar con claridad desde la lógica de mercado. Juguetes rotos a los que Alex trataba –quiero imaginar– con amabilidad, con respeto, con empatía, con la sonrisa franca en la que aparece en todas sus imágenes. En la foto oficial que consta en su registro como enfermero se le ve con una bata azul, frente a la bandera norteamericana, con una barba que enmarca una sonrisa enorme y unos ojillos divertidos, quizás incluso algo traviesos, tras la montura de las gafas. Es, en definitiva, el retrato de una buena persona.
Quizás por eso, cuando en su misma ciudad, el 7 de enero de 2026 el agente Jonathan Ross, de las Fuerzas de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos (US Inmigration and Customs Enforcement, o ICE), disparo tres veces consecutivas a quemarropa a Renée Good cuando ésta trataba de alejarse de él en su coche, Álex decidió que también tenía que ayudar, que había que alzar la voz y hacer algo para que no se repitiera.
Este cuerpo de policía federal creado para localizar, detener y expulsar inmigrantes ilegales se ha hecho famoso por su brutalidad en un país con una policía ya de por sí violenta: lo que no consiguen por la fuerza lo logran con el miedo y las amenazas. Pero además de detener a niños indefensos, como Liam Ramos, de cinco años, y maltratar a inmigrantes –legales o ilegales, tanto da– y a ciudadanos norteamericanos por igual, han empezado a matar. Lo de expulsar a inmigrantes era una promesa electoral del presidente Trump para así defender al honesto y trabajador pueblo americano de la malvada invasión extranjera. Lo de matar ciudadanos inocentes es un pequeño precio accesorio a pagar, un pequeño peaje necesario para el bien común.
Alex participó en las protestas por la muerte de esta mujer de 37 años. Y, como resultado de ese activismo pacífico, fue también ejecutado por ICE a sangre fría. Se hace muy difícil ver los vídeos en los que puede verse todo esto y no tomar partido. Es imposible que no nos remueva la conciencia. Uno de estos agentes, enmascarado, empuja violentamente a una protestante mientras Alex filma, a alguna distancia lo que hacen estos energúmenos uniformados. Sin dudarlo, se interpone entre la mujer y el agente, mientras éste derriba sobre la acera a una segunda mujer. Alex, con su mano libre –en la otra lleva el teléfono– abraza a la mujer caída, sin dudarlo ni por un momento. La vocación de protección sigue ahí, pese al peligro que sabe que corre ante esta violencia institucionalizada. Interpone lo único que tiene, que es su cuerpo, para proteger a la mujer caída, mientras el agente, sin piedad alguna, le rocía y golpea con un espray de pimienta.
Alex, que con su mano libre se protege el rostro y con la derecha trata de seguir grabando con su móvil la agresión, sigue defendiendo con su cuerpo a la mujer. Tras varios empujones, seis esbirros uniformados lo derriban e inmovilizan en el suelo, y en un abrir y cerrar de ojos, mientras está boca abajo, con las manos sobre el pavimento, totalmente reducido e inmóvil, recibe diez disparos consecutivos, por la espalda, que le matan. En ocho segundos acaba todo, sin ningún miramiento, ante unos manifestantes atónitos que graban la dantesca escena desde todos los ángulos posibles.
No hay espacio para la duda. Pese a ello, se impide la investigación formal de lo sucedido. El responsable de ICE, Greg Bovino, defiende la actuación de sus hombres y tacha a Alex de terrorista doméstico. Los asesinos siguen impunes, amenazando la paz y la convivencia en Minnesota, mientras Trump amenaza con enviarlos a otros estados díscolos para imponer su orden, en contra de la voluntad de los gobiernos federales y sus ciudadanos, para tapar así sus propias vergüenzas.
Pero en tanto queden en este mundo personas como Alex Pretti, capaces de poner el cuerpo para proteger a alguien indefenso, nos quedará esperanza. Por mal que vengan las cosas, por difícil que se vuelva la situación, por más que los malvados sean una mayoría y sean capaces de ganar la partida, gente como Alex hará siempre que sus victorias tengan sabor de derrotas. Pretti ha pagado el precio más alto que se puede pagar, haciendo aquello que siempre quiso hacer e hizo: cuidar de los demás.
Por él, y por los que vendrán tras él, te pido, querido lector, que también tú cuides de tu prójimo y, sobre todo, que te guardes de los enmascarados –sea la máscara real o figurada– que maltratan sistemáticamente a los demás y dicen servir a una idea superior a la que llaman patria, libertad, raza o religión. No hay más patria que las personas y quien no las respeta no es un patriota, sino un simple paria que carece de humanidad. Y no hay más libertad que la de actuar bien con nuestros compañeros de viaje en esta tierra. Farewell, Mr Pretti.
Publicado en la revista Ciutadella de Franc de febrero 2026.